A mi mamá le gusta el béisbol

Siempre recuerdo mi niñez con fútbol americano o béisbol en la tele; a mi mamá a veces emocionada y otras veces enojadísima frente a ella. Durante esos partidos conocí las reglas de esos deportes que a nadie más parecía interesar. Si algo me gustaba es que mi mamá me explicara la regla que no sabía a ritmo de jugadas nuevas; así, cuando sentía que ya sabía todo, pasaban cosas nunca antes vistas: el rey de los deportes, me dijo ella, por eso le llaman así.

Es curioso que me guste tanto el béisbol. Tiene, en la práctica, tres de las cosas que más odio en el mundo: chicles, escupitajos y chicos tocándose las bolas. Y a esto mi mamá siempre dice que solo a ellos (a los jugadores de beis) se los permite; y las dos aguantamos esas penurias por nueve entradas o más.

El béisbol me sabe a emoción, a cenita frente a la tele, a apuestas de tacos o pizzas con mi papá. Me sabe a frío en los cachetes cuando vivimos en el norte, a chocolate caliente con bombones, a refrescos “al tiempo” helados porque la alacena no tenía calefacción; me sabe a aguanieve, al auto nuevo, a las botanas en la “Hacienda Lara” como le decíamos a nuestra casa en Cd. Juárez.

El béisbol me sabe a discusiones divertidas, a emociones, a saltos del sillón en los imparables o al ver a la bola “volarse la barda”. Me sabe a frustración algunos años, a festejo en otros. Pero definitivamente me sabe a mi mamá, a su risa, a sus festejos, a sus mentadas (cuando lo hacía) y su afición a reunirnos a todos, -haz bola -, dice. Hacemos.

 

 

[Foto por Joey Kyber en Unsplash]

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