Mamá K-poper o la lección de las armys

Llevé a Luna, mi hija mayor, que para entonces tenía quince años. Fue en la Plaza Carso, en la CDMX. Luna estaba emocionada, se apretaba contra mí, le brillaban los ojos. Desde afuera se escuchaba música y al entrar nos encontramos con cientos de niñas y mamás que las acompañaban. También había niños, aunque pocos. Luna dirigió el recorrido y yo me dejé guiar. El popup de BTS había sido anunciado meses atrás y Luna me pidió que la llevara porque no quería perderse el evento y porque tenía ya varios años siendo Army –es decir, seguidora, fan, de BTS. 

El popup era precioso, tenían distintas escenografías alusivas a los álbumes y canciones de los BTS. Las chicas se formaban para tomarse fotos. Las escenografías eran hermosas, de gran calidad. Si algo me había sorprendido de este grupo coreano que Luna comenzó a seguir unos años atrás, era la calidad de sus álbumes. El material está cuidado hasta el último detalle, con photocards, stickers, pines, pósters. De hermosas fotografías y producciones sorprendentes. La popup era igual. Todo era de primerísima calidad, las telas, los asientos, las luces, los materiales, los pósters. 

En otra parte de la expo había una tienda con mercancía oficial y en otro espacio había un escenario con una pantalla gigante en donde todo el tiempo se proyectaban los videos, también preciosos y producidos a la perfección. Las niñas bailaban, cantaban y se emocionaban como si los siete muchachos del grupo estuvieran ahí presentes. En algún sentido lo estaban, las niñas se sentían parte de esa comunidad creada por la música pero también, obvio, por la atracción hacia ellos y todo lo que hay de trasfondo de ese proyecto, que ya se los digo, no es poco, ni poco sorprendente. 

Luna se formó para tomarse una foto, así que deambulé por la expo y me detuve en una escenografía que recreaba una parada de autobús de Corea. Como todas las escenografías era hermosa, solo que estaba intervenida por las armys. Habían pegado cientos de post its con mensajes. Curiosa me acerqué a leer. Lo que estaba por pasar, no miento, me cambió la vida. 

“Me salvaron la vida cuando estaba por rendirme”. “Gracias chicos por existir, porque sin ustedes no sabría lo que es el amor propio”. “Cuando todo era negro logré encontrar el amor, no en otra persona, sino dentro de mí”. 

Frases como esas se repetían aquí y allá. Recordé el vacío oscuro de mi adolescencia, de esa soledad implacable que se siente cuando eres tan joven, tan frágil y tan osado a la vez. Recordé los diarios en los que escribía frases mucho menos luminosas que las que estaba leyendo en esa parada de autobús ficticia dentro de una plaza. Me dio pena llorar pero lo hice. No poco, profusamente. Me hubiera gustado llorar abrazada a la escenografía, arropada por los cientos de frases hermosas que niñas como mi hija habían escrito con la sinceridad absoluta y salvaje de la adolescencia. No lo hice porque habrían pensado que estaría borracha, pero sí lloré. Mucho. Más que nada porque sentí por primera vez esa esperanza que se siente en los más jóvenes, en que algo, aunque sea poco, harán distinto.

Cuando me calmé fui a buscar a Luna que ya venía a mi encuentro con los ojos vidriosos de emoción. No le dije nada de mi llanto aunque le pregunté por la parada de autobús y me explicó que era común que las armys dejaran mensajes de agradecimiento para “los muchachos”. Imaginé a millones de niñas siendo tocadas con esa luz de esperanza, que trabajaban su amor propio, que aprendían a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. 

Otro nudo en la garganta, pero esta vez me contuve. Más tarde le contaría a Luna que lloré por los mensajes y ella se reiría por mi cursilería de mamá pero comprendiendo que sí que es verdad que el mensaje de BTS es muy hermoso y que a ella también le ha ayudado a disfrutar la vida. 

Con el tiempo aprendí el nombre de los integrantes de BTS, a reconocerlos, incluso a distinguir su voz en las canciones que he escuchado un día y otro también desde hace años. Ya con esto me gané el respeto de mi hija como mamá K-poper. Aunque pronto fracasé, pues Luna quiso que me aprendiera el nombre de los Seventeen pero fue demasiado para mí aunque no sean diecisiete muchachos sino catorce. Vinieron otros grupos, unos me gustan más y otros menos. 

Luego las gemelas también se hicieron fans del k-pop y me cuentan sobre “los muchachos”, sobre lo que hacen, sobre las canciones. Sobre que BTS es de otra generación y son los “grandes”. Las tres me han contado mucho sobre Corea, Japón y China. Sobre los muchachos cuando se van al servicio militar. Sobre la ley BTS, que extendió la edad para realizar el servicio por los chicos coreanos (claro, si un grupo musical representa el 2% del PIB, quien sería el loco que se opondría a modificar la ley). Sobre los comebacks, sobre las colaboraciones, sobre los fanchants, sobre los  lightsticks, sobre el nombre de los fans de cada grupo: como los Engen, los Onedoor, o los Core. 

Lo que más me gusta de compartir esto con mis hijas es que ellas están enamoradas, de los muchachos, claro, pero también del arte, de la música, del baile, de las letras poderosas que llegan al corazón. También hay canciones superficiales y divertidas, tontas y pegajosas, como debe de ser. Porque también así es la adolescencia o al menos así debería ser, llena de contrastes que te muestren la vida sin que esto te destruya las ganas de vivir. 

Lo dicho, esto no es poco, y por eso me gusta ser mamá K-poper. Aunque debo decir que solo escucho k-pop con ellas, que no me gustan mucho los grupos de chicas y que, aunque puedo nombrar diez grupos de k-pop, a excepción de BTS no reconozco del todo a los demás grupos. También podría agregar que, aunque esté en contra de las reglas, cambié de bias de RM a Jimin. 

Abismal me resulta la diferencia entre la adolescencia de mis hijas y la mía. Es curioso que mientras nosotros crecimos en un futuro promisorio tuviéramos una cultura tan nihilista y, al contrario, las niñas de hoy crezcan con música tan lúcida en un mundo que avisa un día sí y el otro también que está a punto de acabarse. 

Es momento de reconocer que desde hace años el soft power coreano ha conquistado al mundo. No me alarma en lo absoluto, de hecho parece tener más esencia artística y más búsqueda interior que mucha de la música y cultura pasada. Incluyendo la de nuestra generación, proveniente del Imperio en decadencia. 

Y sí, es verdad, no todo es color de rosa en el mundo del K-pop, pero, como dije, no me parece poco que las niñas se sientan inspiradas a mirarse dentro, reconocer el amor propio y tener más empatía. Son temas que siempre se han echado en falta desde siempre y por primera vez están al centro de la cultura. Gracias, BTS, gracias armys por esta lección.

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