Señora de la zumba

La clase se llenó como siempre. Una veintena de señoras y algunas chicas en sus veintes. Él llegó sonriente como siempre, aunque su sonrisa no era de esas sonrisas facilonas o bobas, era una risa altiva, de suficiencia, como todo ese muchacho que dirigía la clase de lunes a jueves de 8 a 9 de la mañana. Tenía una complexión delgada pero todo su cuerpo estaba marcado, sobre todo sus piernas que siempre dejaba ver porque acostumbraba a llevar short de licra. Tenía un tatuaje en la pierna y otro en el brazo. Llevaba un corte de esos que solo se ven bien cuando eres demasiado joven, o demasiado guapo o demasiado gay. Él era las tres cosas y además parecía disfrutar todo, de él, de su físico, de la clase. Joshua, el instructor de zumba, era invencible porque disfrutaba de lo que hacía.
¿Listas, chicas?, decía mientras apagaba las luces blanquísimas del salón y prendía los juegos de luces de colores, el aire acondicionado y la música. Cada mes teníamos canciones nuevas, y nos enseñaba las coreografías con paciencia pero sin detenimiento. Jamás escuché tanto Bad Bunny contra mi voluntad, ni tanto reggaeton ni tanta banda ni cumbias impresentables, pero las bailé todas con un gusto que no sabía que existía en mí.
Las canciones que más me cuestionaron no eran esas, sino las de la ominosa categoría llamada «éxitos de los noventa» —porque sí, ya eso es una categoría—, el motivo es tan superfluo que me avergüenza: yo era —soy— rockera en los noventa. En esa década contradictoria no escuché otra cosa que rock y, por supuesto, esto equivalía, como buen absoluto adolescente, despreciar no solo la música pop sino el resto de las expresiones musicales del mundo.
Bailar «Vuela, vuela» de Magneto o «Shabadaba» de OV7 mientras en un paso hacíamos manos en visera buscando el amor que quizá está en un asteroide o en un elevador, me permitió, como pocas cosas lo han motivado, reírme de la vida y eso, en cualquier ámbito, es de agradecerse. Porque lo malo de la adolescencia —y podríamos decir de la vida— es que damos demasiada importancia a las cosas cuando no lo merecen y poca importancia a las que la ameritan. Siempre danzamos a destiempo, atolondrados, sintiéndonos importantes y solo estamos en un salón de baile dando tumbos. Quizá valdría la pena relajarnos y reírnos todo lo posible mientras escuchamos las canciones más bobas del mundo.
Joshua no se conformaba con agregar una o dos canciones al mes, tampoco se conformaba con dar la clase y retirarse. Le gustaba poner temáticas, como cuando tuvimos jueves de los ochenta y fuimos vestidas con calentones y bandas deportivas en la cabeza. Hasta puso luz negra y todas las ropas neones vibraban mientras bailábamos. Él llevó una camisa ombliguera amarillo neón, unos tenis vintage y una banda y muñequeras a juego. En otra ocasión fue de villancicos bailables y llevó un gorrito de navidad y una playera que simulaba el traje de Santa. Para Halloween nos enseñó la coreografía de «Thriller» y hubo una clase especial para bailarla a la que no asistí. Una lástima, supe que se fue disfrazado de pies a cabeza como Michel Jackson.
Pero no era necesario que hubiera fechas especiales para hacer de las clases ocasiones especiales. Sin duda a Joshua le gustaban los props, cuando llegaba a clase traía consigo un par de cajas. En ellas había abanicos, pompones y falditas árabes de monedas doradas. Los abanicos por supuesto eran para bailar las canciones de Locomía, era fantástico bailar y abanicarse al mismo tiempo, voguear y abanicarse, cerrar el abanico y abrirlo en un giro dramático y abanicarse. Joshua era un genio. Los pompones acompañaban muchas canciones, sobre todo canciones de gringuillas como Katie Perry, y Taylor Swift que, si me lo preguntan, son las que menos disfrutaba.
Lo que disfrutaba más eran las falditas, aunque debo decir que la primera vez que me puse una tuve un poco de pudor. Jamás he sido sensual, quizá es lo que menos me defina. Hay gente que es sensual hasta para tomar agua y no soy de esas, me autopercibo como una señora con poco glamour más cercana al catástrofe inmediato. Aun así me la puse, Joshua me guiñó el ojo, quizá adivinando que estaba frente algo nuevo en mi vida. Hice un nudo y me sonreí con mis compañeras en las que distinguí la misma chispa de atrevimiento que estaba sintiendo en mi pecho. Joshua dijo: ¿listas? y pulsó un botoncito en su reloj inteligente. La música inició y él parecía en trance moviendo la cadera, nosotras lo seguimos como pudimos. Casi todas mis compañeras y yo teníamos cuatro veces más caderas que Joshua, pero él movía esa parte de su cuerpo como si fuera independiente, sus manos hacían mudras, su rostro estaba complacido.
Fue cuando comprendí que la magia de Joshua es la de sentirse bien con su cuerpo y es su atractivo para llenar la clase de zumba como nunca en toda la historia de ese gimnasio. Porque si algo tenemos las señoras de la zumba —sí, también esto es una categoría— es la inseguridad sobre nuestros propios cuerpos, la incansable desazón de que es más grande, más inflado, más voluminoso de lo que nos gustaría. Tenemos la edad suficiente para dar cuenta de muchas batallas que ha librado nuestro cuerpo. El mundo entero nos dice que nuestro cuerpo es el que está mal y al mismo tiempo no hay remanso para que él descanse. Nos pide que lo mostremos pero poco, que lo cuidemos mucho, que lo ocultemos si es necesario, que la sensualidad se extinguió hace tiempo y ahí está Joshua poniéndonos a mover nuestro segundo chakra por el puro gusto de ser.
¿Amigas, les gustó? Y todas estábamos rojas por el esfuerzo y rojas por el placer, el movimiento, la sensualidad. No dio discursos, ni esa vez ni nunca, y quizá eso lo hacía más atrayente, porque le importaba el disfrute, la corporalidad, la sonrisa, el esfuerzo y dejaba la reflexión para nosotras. Quizá por eso todas llevamos a alguien para que viviera la magia de Joshua, que saliera de la clase sonriente, divertida, sensual, ejercitada. Sus clases no eran fáciles, al principio solo aguantaba 15 minutos, pero al poco tiempo hacía toda la clase, no sin esfuerzo, pero sin parar.
Aunque no fui como otras parroquianas devotas de las clases de Joshua puedo decir que ya saludaba a casi todas las chicas. Nos veíamos en los pasillos y nos sonreíamos. Aprendí muchos pasos, aprendí de canciones que no me gustan, bailé mucho Selena y merengues enfadosos. Todas las señoras de la zumba nos divertíamos en parte porque era como ir a una boda pero en ropa cómoda, en parte porque Joshua nos pedía movernos pero también expresarnos. También porque cada jueves hacía la dinámica de «pídalo bailando» y nos hacía bailar junto a él frente a la clase la canción que más nos gustara. Yo siempre escogía «Are you ready for this» de 2 Unlimited, la canción más noventera, electrónica y adolescente del repertorio. Me conmovía pensar que yo la escuchaba cuando salió y Joshua todavía no nacía.
Tuve mi buena racha de ir tres veces por semana, iba a la zumba y luego a hacer pesas. Mi cuerpo se sentía contento y fuerte. Pero como siempre pasa en las buenas historias, un día fui a la clase y encontré el salón vacío. No era común pero a veces Joshua faltaba, pensé que sería eso y nada más. Pero no, había encontrado el salón vacío que marcaría la ausencia de Joshua en mi vida.
Es una verdadera tragedia perder épocas de la vida en giros tan sutiles. Encima cargo con la desgracia de no recordar cuál fue la última clase que tomé con él. A veces es peor cuando pierdes algo para siempre y no supiste que estabas libando aquella dulzura por última vez. Es peor porque no hay permiso para la despedida, porque esta se hace en la ausencia absoluta, no hay permiso para una última contemplación porque hay una puerta cerrada, un lugar vacío, un rostro ausente, un salón con el piso lustroso con la luz apagada.