“La última vez que estuvimos todos juntos”

Foto por Rene Bernal en Unsplash

No todos los días son iguales aunque su estructura es inamovible, excepto en los que se nos obliga cambiar al horario de verano por caprichos gubernamentales con sustentos poco claros. La rutina puede hacernos creer que vivimos en un bucle interminable de tareas repetitivas, y su mayor trampa es achatar los milagros diarios.

En una época, porque así se comienza a platicar la vida una vez se cumplen cuarenta, las noches eran para mi un laberinto siniestro y frío que tenía que atravesar por la dictadura de los astros impasibles ante mi ansiedad. Ahora duermo tranquila casi a diario, aunque no siempre, porque los terrores nocturnos son invencibles, aunque ya no me estremezco por lo que podría pasarme sino por lo que no puedo evitarles a los que amo.

En otra época —entendida esta como un cúmulo de días más o menos parecidos, enmarcados por eventos relevantes a veces sutiles, a veces devastadores— recibía a mi novio en la puerta de mi casa y platicábamos de todo lo que haríamos en una época futura, la cual nunca llegó a ser. Es muy común que las parejas sufran los efectos de viajar en el tiempo, como siempre nos obligan las expectativas, y uno se quede enamorado de la otra persona en una época que ya no existe, o bien somos descubiertos en la incapacidad de ser aquello que nuestra pareja fantasea con todo el amor por sí misma.

Casi siempre a las personas con las que compartimos días en común las tratamos con una cotidianidad injusta, pues, más tarde, si es que queremos verlas para tomar un café, tenemos que sortear toda clase de compromisos que ya no nos incluyen. No siempre es así con todos nuestros compañeros de trabajo, de escuela o de los talleres a los que asistimos, a veces el término de una época nos libra de personas indeseables. Lo lamentable es resignarnos a perder a la gente que nos cimbra con su cosmovisión y que, por razones dolorosas de ver, no llamamos su atención.

Hay días como sueños, imposibles de palpar. Otros son un gran monolito que nos cae encima. Hay días en los que se alcanza a hacer todo y en los que no valemos nada. El tirano con nuestro rostro que a diario expide autoexigencias querrá hacer cuentas justo antes de que el sueño nos salve de esa tortura parecida a la que inflige un tenedor del hereje. Querrá saber por qué no escribimos y leímos más, por qué no hicimos esa llamada, por qué no meditamos, por qué no practicamos la guitarra, por qué no fuimos al gimnasio; querrá saber sobre otras nimiedades pero que, a esas horas, lucen como pecados imperdonables: ¿Tomamos dos litros de agua, paseamos al perro, regamos las plantas, cerramos la puerta principal, lavamos el auto, nos cortamos las uñas? Lo peor es cuando el tirano mira lugares dolorosos y aquí es mejor resignarse a que la noche será larga. Hará preguntas sobre esa decisión que debió de ser tomada, sobre aquella persona a la que tiramos como un papel usado; la noche en vela se nos irá en acariciar al arrepentimiento, pues, y esto es una verdad absoluta, una vez que este ha anidado en nuestro pecho, no queda más que domesticarlo —a sabiendas de que, como un lobo, nunca podremos desterrar del todo su naturaleza asesina—.

Hubo épocas en las que me gustaba verme en el futuro. Hay días en los que me enfermo de nostalgia y veo hasta con buenos ojos épocas en las que en realidad fui miserable. Lo mejor sería no pensar sino en la época del minuto corriente, aunque sé que tropezaremos con los quehaceres diarios, con los horarios fijos, y en resumidas cuentas con las demás personas que no saben, al igual que uno, cómo diablos administrar este ir y venir de dichas y pesares, ni como dormirse satisfecho de lo hecho en el día o al menos de haberlo sobrevivido que, en realidad, es lo único que nos debería alegrar al despedir la vigilia y al abandonar el dulce acto de dormir —tal vez esta es la receta del antídoto a la pesadumbre de las mañanas—.

Siempre me ha provocado un vértigo atroz pensar en esos días que, sin darnos cuenta, hicimos algo por última vez. Esos que no están marcados por un gran evento —los mismos que nos sirven para delimitar épocas— sino que son acontecimientos sutiles en los que ignoramos que estamos dejando de ser los mismos; como la última vez que jugamos con nuestros primos, o el momento exacto en el que dejamos de hablar con nuestro mejor amigo de la juventud. No, no me gusta pensar en esos días-abismo por los que se han escapado personas, paisajes, caminos, rutinas, saludos, animales, olores, abrazos, besos y orgasmos. Todo es propenso al olvido, somos propensos a ser olvidados con facilidad. Porque no es posible asir fuertemente los bordes de esta vida tan inconmensurable y a la vez tan simple y llana. En estos momentos tal vez estamos dejando de hacer lo que hasta ayer nos era imprescindible, quizá ya hemos soltado la mano de una persona que hasta ayer añorábamos.

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