Caín y el guitarrista

Tú crees que yo soy bien acá y así,
pero en realidad soy un perro triste.

—Eddie Lara

 

El guitarrista toca. Hace música, reescribe el presente. Aunque absorto en su universo no está ausente. Nos observa atento sin mirarnos, sabe de sus artes oscuras, de sus embrujos. Frente a nosotros sus dedos se hacen de seda, de algodón, flotan, levitan, y a veces se convierten en leños, en hachas, en fuego, en hogueras.

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Cada vez que veo a ese guitarrista me sucede lo mismo: además de dejarlo que me robe el alma por unos instantes, en mi pecho vibra un amor tan luminoso que apenas si me atrevo a observarlo, a verlo de frente. Es de esa clase de amores escasos pero que por fortuna existen: deslumbrantes e inenarrables.

Este amor nació la noche fría del 31 enero de 1993, aunque según mi carta astral hemos sido compañeros de vida durante muchas vidas. Cosa que creo sin chistar nomás porque es una explicación muy vívida de las miles de capas sutiles que nos unen; él en cambio me dirá que eso es pura superchería, aunque no me juzgará. Es de las pocas personas que me hacen sentir cómoda en mis más queridos mundanales.

Doce años son muchos pero también, por esa flexibilidad misteriosa del tiempo, a veces son muy pocos. Es la edad que le llevo al guitarrista; hay lamentos sin sentido y este es uno de ellos: doce años sin su compañía. Es verdad que antes de conocerlo hubo días divertidos pero en general fueron años inmisericordes. Y es que a veces uno renace al conocer a ciertas personas; este fue el caso. Cuando nos llevaron a mí y a mi hermana —otra de los poquísimos que cimbran mi corazón— a ver a ese pequeño inoportuno que había nacido en plena noche del Super Bowl XXVII, sentí ternura al verlo pero también mucho miedo, pues era probable —y lo creí durante mucho tiempo— que mis padres me habían dejado de querer desde el momento en el que abrazaron a ese bebé hermosamente horrible, como suelen ser todos los recién nacidos. Por supuesto que no fue así, aunque durante mucho tiempo me desterré a mí misma como Dios hizo con Caín; el primogénito loco de celos por el brillo en los ojos de su padre por el hijo más pequeño. Hay luchas sin sentido y esta fue una de ellas. Pero la fractálica disposición de la vida nos obliga a volver sobre nuestros pasos, a los mismos lugares, a las mismas pruebas, quizá en distintos planos pero no hay otras rutas: desde los tiempo de Caín fuimos condenados a responder las mismas cinco preguntas hasta el infinito. Condena sisífica que se evidencia en pleno cuando nos convertimos en padres —padres en el sentido del amor, no del biológico que nada garantiza. Los hijos son brutales maestros que nos obligan a observar nuestras peores miserias, las llagas de nuestros recuerdos y del corazón. Frente a mi hija mayor y la más pequeña descubrí que no hay amor verdadero que no sea infinito. Vi mis celos inútiles, vi con otros ojos el brillo de ese niño que se convirtió en guitarrista, revisité el amor de mis padres. Mi vida con ese niñito fue accidentada, con tantos años que le llevaba por delante nos tocó vivir juntos muy poco tiempo. Sin embargo, el amor, como los ríos, encuentra el camino al mar.

La mayoría somos torpes para explicarnos la realidad. Por ejemplo, para decir que un hermano es mucho más que eso —cuando no es posible ser más cercano a alguien que se gestó en el mismo lugar que uno—, decimos que además es nuestro amigo, o nuestro mejor amigo. En cambio cuando tenemos a un gran amigo, y posiblemente nuestro mejor amigo, decimos que es como nuestro hermano. Hay deseos innecesarios: me gusta creer que mi hermano es, además, mi amigo. En varias ocasiones intenté describirlo, busqué metáforas, ejemplos —en la carta astral, en la Biblia— y no llegué más que a esta burda imagen: mi hermano es como un edificio de varios pisos con un lobby en el que siempre hay fiesta. Todos son bienvenidos, a veces hay barra libre, canapés, música en vivo; otras reuniones son tranquilas, sencillas pero muy agradables. El resto de los pisos están prohibidos para casi todos, sin embargo, nadie lo sabe, es más, todos creemos tener libre acceso a ellos, y por eso subimos a los elevadores, pulsamos cualquier botón —no hay ningún advertencia de estar haciendo algo indebido. El ascensor se mueve, nos engaña y nos deja de nuevo en el lobby, pero no lo notamos. Nos vamos felices, creyendo que exploramos los lugares más recónditos del lugar. Pero no. Él permanece inexorable. Alguna vez me ha dicho que sí tengo acceso a lugares prohibidos para otros, pero no le creo. No solo eso, me basta. Hay enigmas que vale más dejar en paz.

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El niño que siempre fue guitarrista toca. Hace música, reescribe el presente. Aunque absorto en su universo no está ausente. Nos observa atento sin mirarnos, sabe de sus artes oscuras, de sus embrujos. Frente a nosotros sus dedos se hacen de seda, de algodón, flotan, levitan, y a veces se convierten en leños, en hachas, en fuego, en hogueras. Me quemo y digo: sí, es mi hermano.

4 respuestas a "Caín y el guitarrista"

  1. Shalom. Un abrazo grande. Muy hermosas palabras para su hermano, una redacción interesante donde se suceden, una detrás de otras, las ideas para expresar su sentipensamiento. Debe estar muy contento Eddie, su hermano, por estas palabras… Enhorabuena, escribe muy nutritivo y sabroso.

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