Caleidoscopios

Foto de Malcolm Lightbody en Unsplash

“Psst, psst”; así iniciamos siempre mi amigo Rubén y yo nuestras conversaciones en Telegram. Quién sabe cuándo comenzamos esta tradición, tenemos mucho tiempo siendo amigos. Cuando alguno de los dos no saluda así quiere decir que algo muy distinto está ocurriendo, a veces algo sorprendente y a veces algo muy grave. 

Lo que más me gusta de mi amiga Amparo es que cada vez que nos volvemos a ver parece que retoma la charla de hace un minuto y no de meses o años que han pasado. Verla no supone el protocolo de “cómo estás, qué has hecho” —aunque nos lo contamos— sino la continuación de una plática que nunca se ha detenido. Como si jamás nos hubiéramos separado, quizá porque así es. 

Hilda y Gabriela son muy diferentes entre sí: son de origen distinto, viven en países distintos, tienen gustos, pasiones y personalidades distintas. Pero ambas son mis amigas. Ambas me conocen como nadie, aunque comparto con ellas gamas distintas de lo que soy, quizá por que uno es muchas cosas más que un puñado de gustos. Con ellas me escribo casi a diario, a cualquier hora; compartimos lo que vamos a cocinar, si tuvimos insomnio; hablamos de libros, de música y también de lo más oculto que abrigamos en nuestros corazones. Son como mis hermanas. En esta época no hay personas que me conozcan tanto como ellas dos. Ellas y mi hermano —que, por fortuna, es mi amigo—. A los tres los busco como beber agua. 

Jorge es mi amigo improbable. Un día gris creí que lo había perdido para siempre, pero la vida tan artera como sorprendente nos dio la oportunidad de reencontrarnos. Hoy tenemos una amistad dulce, pacífica, con la sensación de estar en una vereda que lleva al mar. Con él hablo de mi familia, de lo que estamos escribiendo, de la terapia, de nuestros momentos oscuros cuando la depresión nos asalta. 

Lastimosamente existe el envés de lo sucedido con Jorge: la amistad mil veces pregonada como eterna que a la postre no resiste la erosión del tiempo. Como lo que ocurrió con E. Una gran amiga que hasta hace muy poco lamenté perder. No solo me dolió perder su compañía divertida y sus cuidados, sino la forma tan estúpida en la que se rompió la amistad. El resumen es el siguiente: E. y yo fuimos a comer con nuestras respectivas parejas. Ahí anunciaron que iban a comprar una casa, tenían algunos meses viviendo juntos. Los felicitamos, les ofrecimos nuestra combi para cambiar cosas, su pareja preguntó la compañía de internet que teníamos porque querían cambiar y de ahí se derivó en una plática de módems y velocidades que de pronto interrumpió E. De golpe dijo que ya se tenían que ir. Le pregunté si se sentía bien y ella dijo que estaba cansada. 

Al día siguiente, como siempre, la busqué por Skype y me dijo que tenía que “sincerarse”. Me dijo que estaba decepcionada “de mi actitud”, que ni siquiera la había felicitado por su logro y que me puse a hablar “del estúpido internet”. Me dijo que desde que comencé a tener pareja me había convertido en otra y parecía ya no necesitarlos (a ella, a su pareja y mi amigo Rubén que formamos un pequeño grupo inseparable). Prosiguió: que cuando estuve triste por mi ruptura anterior y durante la depresión que sufrí “bien que los buscaba y los procuraba”.

Me quedé helada, sentí mucha vergüenza que durante su retahíla utilizara algunas frases mías en mi contra que había dicho durante nuestra amistad, que me exigiera no cambiar a pesar de que había construido una relación profunda y comprometida con mi nueva pareja. Que además me acusara de no felicitarla, cuando sí lo hice y genuinamente, estaba contenta por ellos. Por si fuera poco, había sido su pareja el que preguntó acerca del “estúpido internet”. 

Ella me dijo que “solo necesitaba sacárselo del sistema”, que en adelante no iba a esperar a que yo me comportara como ella esperaba. No pude contestarle gran cosa y en un arrebato me salí del grupo que teníamos. Luego me arrepentí y quise explicarme, charlar ya con la cabeza fría: silencio. Dejé pasar unos días para que las cosas se calmaran, volví a buscarla: silencio. A fin de año intenté de nuevo: silencio. Entonces decidí aceptar la ruptura, que ahora tiene más tiempo de ser que el tiempo que fuimos amigas.  

Para mí no fue más que un malentendido, para ella el fin de todo. A veces me pregunto cómo interpreta lo ocurrido. Porque es mentira que exista eso de “tu versión” o “mi versión”; versión hay una sola. Lo que hay son dos personas que no pueden empatar sus interpretaciones y a las que seguramente se les acabó la voluntad para hacerlas funcionar. Porque basta que se acabe ese material para que cualquier amistad fallezca. 

Lo más difícil de las amistades son los distanciamientos; a veces son breves y a veces definitivos. También hay distanciamientos imperceptibles. Amistades que cuando menos acordamos se han convertido en periódico de ayer. Hace tiempo me mensajeaba con un excompañero de trabajo. Lo hacía con asiduidad y él me correspondía. Nos platicábamos pequeñas cosas cotidianas, la salida de una película, de nuestros nuevos trabajos, pero sobre todo de nuestros perros. Teníamos por costumbre escribirnos por la tarde, cuando él sacaba a pasear a Slash y yo había terminado de trabajar. Me mandaba fotos de su lindo labrador y me acusaba de no sacar el mío. Me gustaba que él me percibía más rebelde de lo que en realidad soy, quizá porque gran parte de lo que nos gusta de los amigos es la forma en la que nos reflejan. 

Nuestra costumbre de escribirnos casi a diario se fue trufando con silencios. Con tardes en las que no lo buscaba para saludarlo y él se sentaba en el parque sin acordarse o sin querer enviarme una foto. Con sorpresa un día me di cuenta de que tenía semanas sin platicar con él. Lo busqué pero no me respondió, ni esa vez, ni las siguientes, ni siquiera cuando lo felicité por su cumpleaños. Pensé que tal vez le había ocurrido algo, pero todo seguía normal en su perfil de Twitter. Entendí que ya no debía tocar esa puerta, que hay distancias que jamás comprenderemos. Es verdad que no era un amigo íntimo, pero le había tomado aprecio. Durante mucho tiempo formó parte de mis días y me gustaba tener esa dinámica con él. Me dolió más que nada la oquedad, el silencio, la negativa a decir cualquier cosa. 

Es fácil pensar que esas actitudes son en contra de uno mismo pero quién sabe si son causa de depresión, anomia, momentos difíciles, o sencillamente que cambiaron sus dinámicas. Todas las amistades tienen el gran reto de aprender a transformarse, a cambiar con los que la conforman. Algunas amistades son maleables, algunas tienen Amparos que hace fácil esas transformaciones y otras tienen la flexibilidad de un palo de escoba. Algunas no resisten que cambiemos de trabajo, de ciudad de residencia, de religión; que tengamos hijos siendo proaborto; que hayamos comprado un auto a pesar de que hace veinte años nos enorgullecíamos de donar a Greepeace. Hay amistades que no resisten nuestras incongruencias. Cuando perdemos a esos amigos, algunos nos dan igual y otros nos duelen en silencio ante el vacío persistente después de las dos flechitas azules o las insidiosas dos flechas grises en el WhatsApp. 

Algunos amigos sí me  han contestado o buscado luego de un tiempo de silencio. Con algunos la relación continúa, pero otras no logran asirse de ningún lado; después del saludo nos damos cuenta de que estamos demasiado lejos uno del otro y vuelve el silencio. Es entonces y en adelante que diré —y supongo que ellos también—: “No es mi amigo es mi conocido”; un terreno aséptico que nos libra de cualquier compromiso, incluso de tener una amistad.

Siempre me ha fascinado la capacidad caleidoscópica que nos dan los amigos. Esa forma única que adoptamos con cada uno de ellos. Podemos ser la amiga ñoña, la amiga sentida, la amiga fanática de Elena Ferrante, de los cómics, de Tool; la amiga que da consejos sobre maternidad, perros y plantas; la amiga rockera, la jipi, la chaira. Son los amigos y no nosotros los que nos reflejan esas versiones. Y con los que mantenemos el saludo íntimo, el apodo secreto, la frase en clave, la anécdota mil veces contada, el gusto compartido. También hay el regalo especial y los pequeñitos; pero también los llantos, las confesiones, los desastres, los secretos. 

A veces nos quedamos maravillados por los cambios del caleidoscopio, amamos cada rebanada de reflejo, cada brillo, pero a veces los cambios nos asustan y abandonamos la amistad sin mirar atrás, sin despedirnos. Injustamente tildaremos al amigo de cambiar, de no ser el mismo, de ser grosero, aunque quizá de lo que huimos es de nuestro reflejo. 

Cuando cumplí cuarenta creí que no podría hacer amigos nuevos, que eso es para cuando uno va a la escuela o cuando se es joven. Pero como todo mito de la mentada “juventud bendito tesoro”, no es más que eso, un mito infundado. Y no es que sea fácil hacer amigos, pero sí es más satisfactorio, menos enredado, quizá porque la ventaja de hacerse mayor es no perder tanto tiempo en nimiedades. También me di cuenta de que nada es para siempre, ni las rupturas, ni las amistades que hoy brillan, que no sabemos nada de cierto. Y que los amigos de hoy son, para bien o para mal, nuestro mejor reflejo. 

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