Carta a los decepcionados

Foto de Debby Hudson en Unsplash

Sé que te he decepcionado, es necesario reconocerlo. Seas quien seas estoy segura de que así ha sido. Por ejemplo, si nos conocimos primero en redes y luego en persona, ocurrió cuando viste que me acercaba a ti o cuando me descubriste esperándote en el punto acordado. No vamos a decir que no, con seguridad pensabas que era más alta, más delgada o más joven. Tal vez no te imaginabas que tenía una voz tan aguda o que hago caras y aspavientos con las manos cuando hablo. Quizá creías que era más extrovertida o másestolotro

En fin, que así pasa, porque siempre se abrigan expectativas de las demás personas aunque digamos que no. Y es algo que no deja de suceder así tengamos tiempo de conocernos, si somos parientes o si un día decidimos citarnos en algún lugar para por fin vernos las caritas. Sé que en algún punto te he incomodado con alguna de mis reacciones o de mis respuestas, que te ha decepcionado mi postura política o religiosa, que te he parecido cursi, extrovertida o vergonzante, que alguna vez he hecho la cosa que consideras más chocante de todas. Lo sé aunque no me lo hayas dicho. 

Sé que es difícil de creer pero podemos caerle mal a la gente, incluso sin que hagamos algo particularmente malo o reprobable. A veces caemos mal simplemente por ser nosotros mismos, con todo lo que eso significa. Podría decirse la frase esa de “nadie es monedita de oro”, pero en todo caso qué aburrido caerle bien a todos, y, más que nada, qué preocupante caerle bien, por ejemplo, a las mamis provida del grupo para padres, o a los panistas o a los evangélicos. O a los caníbales. Los grupos en los que no somos bienvenidos y las personas que nos rechazan dicen mucho de nosotros mismos. 

Sé que tú y yo hemos pasado por baches difíciles; por enojos o incomodidades, algunas veces ocultos que luego se han disipado. O no. No ha sido fácil, porque a fin de entendernos algunas veces hemos tenido que aceptar nuestras torpezas y perdonarnos hábitos groseros.

Crear expectativas es un hábito perverso e inevitable. Así que cuando nos conocimos tuvimos que nadar contra esa corriente. Seguramente yo también me hice expectativas de ti y de tu aspecto; aunque eso sí: si me decepcioné es mi problema, no tuyo. Para forjar cualquier relación lo más difícil es superar nuestras propias taras.

Recuerdo que, hace muchos años, fui de viaje a Uruapan con una gran amiga de la preparatoria. Cuando su madre le dio permiso ambas creímos que estábamos ante la mejor temporada vacacional de nuestras vidas. Lo cierto es que fue un desastre porque para mí ella se quejó de todo, todo el tiempo y para ella yo había hecho planes estúpidos. Estuvimos enfurruñadas y a pesar de estar día y noche juntas —lo cual pensamos sería un sueño hecho realidad— no platicamos y reímos hasta la madrugada como lo esperábamos. Cuando por fin la llevamos a su casa respiré aliviada, supongo que ella también. Nunca hablamos de esa mala experiencia, en cambio seguimos siendo las mejores amigas durante mucho tiempo. Suena ilógico, pero así de ilógicas son las relaciones personales. Como cuando uno dice: “Sí, acepto” y años más tarde no te explicas cómo diantres pudiste decir semejante estupidez. 

En fin, espero que a pesar de todo —y de nosotros mismos—, si es que es lo mejor, sigamos hablando, escribiéndonos, caminando juntos. Total que ya vencimos la frontera del anonimato, esa que compartimos con el resto de miles de millones de personas del mundo. En realidad lo sorprendente es que nos hayamos conocido, incluso para estar de acuerdo en que es mejor ignorarnos. Toda relación sirve para conocernos mejor (a nosotros mismos). 

Abrazos,

Vonne

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