Me casé con una Rata

Me casé con una Rata. No hay duda. El día que lo comprobé fue cuando una clienta le escribió a mi esposo y le dijo: «Gracias, Rata.» Enseguida envió otro mensaje para corregirse y puso: «Perdón, Rata.» Me fascina pensar en sus reacciones en ambas ocasiones. El pavor de ver la errata enviada a alguien poco conocido, profesional, ¡al editor de su libro! Y luego, lo más milagroso, el intento de corregir aquel improperio y convertir la disculpa en una ofensa reiterada. Pero lo más milagroso de todo no fue la tarde que pasamos riéndonos hasta el llanto por aquellos mensajes, sino que «Rata« se instaló como el apodo de Rafa. Mi esposo Rafa, mi esposo Rata. No «el Rata», que es distinto y falso, sino «Rata», que es simple y verdadero.

De por sí ya tenía la sospecha de que el hipocorístico “Rafa” ya indicaba su naturaleza. Rafael es un nombre teofórico, es decir, que contiene el nombre de un dios o divinidad. Rafael es el arcángel patrono de los enfermos y los heridos de guerra. A él se le llama pidiendo salud y se le imagina con una espada de fuego verde. Si, en ese ejercicio extraño y común que hacemos de acortar nombres, nos quedamos solo con «Rafa» y eliminamos «Él», de alguna forma estamos eliminando su divinidad. Y en ese limbo teofórico alterado, lo cierto es que yo no lo llamo así sino «Aromo» –y «Rata», claro–.

Aromo es un árbol hermoso de flores amarillas al que Atahualpa Yupanqui le canta en una canción, también hermosa. Habla de cómo los demás ven al aromo en una piedra y envidian su vida, sin saber –o sin querer enterarse– de lo difícil que es su vida y sin embargo él se las arregla para florecer:

Pero con l’alma tan linda
Que no le brota una queja
Que en vez de morirse triste
Se hace flores de sus penas

Recuerdo que cuando solo era amiga de Rafa –y «solo» es un decir–, me contó que esa canción le gustaba mucho porque él a veces se sentía ese aromo, envidiado, incomprendido y solo; y aun así floreciente. Desde entonces le llamé con ese nombre y con el tiempo me di cuenta de por qué esa canción era su himno personal.

Rafa, Rata, Aromo, provoca envidias, lo he visto. No se lo propone y eso lo hace más letal. Él va por el mundo con su sonrisa perfecta y atrayente como si fuera dueño de todo, como si supiera que todo le va a salir bien. No lo espera, no lo busca, ni siquiera lo desea, solo lo sabe. Pero no lo sabe porque se levante a hacer afirmaciones –como hacemos los que pedimos permiso para vivir–, lo sabe por la simple razón de que así es. No hay juego, reto o venta que no gane. Vive como un ganador aunque pierda. 

En los juegos de mesa Aromo es capaz de susurrarle a los dados un número específico y los dados le obedecen. Lo he visto, lo hemos visto y, por tanto, es el más odiado –pero campeón– de todos los juegos. Si gana le parece normal, si pierde, él ya ganó. No hay forma de vencer a un Aromo que siempre es campeón. Pero la diferencia radical es que él no se cree campeón, lo es.

Siempre le he dicho que él vivió en una cueva, lo digo porque tuvo una infancia, por decir poco: sui generis. Y todo lo que vivió es, como nos pasa a todos, bendición y el lastre más grande que tenemos que sanar, resarcir y honrar. Él lo convirtió en una soberbia bondadosa, motor de la actitud suficiente con la que se para en todos los mostradores en los que compra, en todos los negocios a los que va, en todas las filas que hace. En la vida, punto. 

Sé que observar al Aromo no es fácil, la vida parece que le afecta menos y quizá es lo que provoca envidia. Y no se trata de que tenga una máscara, porque su actitud de Rata no es solo esa, porque también es un aromo sensible, uno que reconoce sus luchas y sus flores. Uno que sabe de pérdidas y derrotas, porque el verdadero triunfo no es no perder, sino no destruirte al paso de las estaciones, del fuego, de las sequías. 

Ver a la gente que brilla encandila y a veces nos hace no querer verla. He presenciado como amigos, hermanos, primas y clientes –y yo lo he hecho– ante los obstáculos obstinados de la vida le preguntan a Rata cómo resolverlos. Porque no hay mayor consuelo que un Aromo soberbio que te palmé la espalda y te recuerde que no tienes que pedir permiso a nadie de nada y que tu ya eres un campeón. Yo tengo mi propio ritual cuando se me cae la moral o siento la certeza absoluta del síndrome de la impostora, le digo a Rata que si me puedo sentar en sus piernas. Entonces él se quita sus lentes y me dice «Qué tienes, animalito» y me recibe en sus brazos. A saber cuántas veces he minado valor, esperanza y consuelo en esa posición. 

Reconozco mi privilegio de ir a abrazar a Rata y ser abrazada por Rafael, el que sana. Él dirá que yo hago lo que tengo que hacer y que él no hizo nada cuando por fin logro desenredar el nudo que me tenía angustiada, la flaqueza que me tenía insomne o el sentimiento que me apretaba las tripas. Y, aunque yo sé que podría hacerlo por mi cuenta, es milagroso y solaz tenerlo a mi lado y partir en dos los problemas con la espada de fuego color verde. 

Son ya diez años de caminar juntos, trece de haberlo conocido en un giro inesperado y hasta cómico de la vida. Su amistad, su raticidad y sus flores amarillas son de los regalos más preciados que Dios –creador de todos los ángeles y arcágeles (y de todos los aromos)– me ha dado. Los otros son las niñitas que hemos criado juntos; los animalitos –a parte de mí– que hemos cuidado; del hijito –nuestro negocio– que sembramos y cultivamos cada día y la casa abierta que es la Casa Cósmica que hemos hecho un lugar seguro. 

Te amo, Aromo. Mi Rata. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *