El sendero a ti

Busqué en muchos momentos el primero. Ese momento clave en el que se comenzó a escribir esta historia. Lo obvio sería ir al día preciso en el que nos saludamos por fin; un domingo de octubre en el que nos dimos la mano y yo, cómo si te conociera de siempre y sin ninguna explicación, aún ahora, te abrecé. Ambos, cada quien, íbamos de la mano de otros; nadie jamás habría imaginado, mucho menos nosotros, que el Universo daría una vuelta completa.

Sí, eso sería lo obvio. Marcar ese día como el inicio cuando alguien me dijo que tú eras tú; sin embargo, creo que en ese día no comenzó esta historia sino mucho tiempo atrás. Y, para saberlo, bien puedo elaborar una pregunta: ¿cuándo nace el amor? Entonces la respuesta se remite al día que nacimos o bien mucho antes. Cada suceso, hoy, suena a una confabulación de “¿Dios, del destino, de los hados?”; de lo inexplicable; de lo que podría definirse como “suerte” al no encontrar una mejor causa, o destino por no poder nombrar una palabra que encierre y explique el milagro de encontrarte en mi camino.

Ya estabas ahí cuando era niña y no sabía hacer amigos, entonces daba vueltas al patio de la escuela pasando el dedo en los ladrillos de la barda y cuando hablaba a escondidas con las plantas y las orugas. Ya estabas ahí cuando esa soledad me alcanzaba por las noches en las que sentía un miedo inexplicable en las noches de tormenta o cuando éste me tocaba la plantas de los pies y me despertaba disipando una pesadilla para entrar en otra, la de la realidad en la que nadie me escuchaba.

Sí, sé bien que estabas ahí cuando buscaba respuestas, vocación y sentido a lo que llaman vida. Cuando me perdí en incontables laberintos buscando la historia perfecta y solo encontré caminos cerrados. También estabas ya cuando reí hasta llorar; cuando el amor de mis hijas se instaló en pleno; cuando sus voces se articularon para nombrar lo simple, eso que es lo que vale la pena: el pan, gracias, buenas noches, te quiero.

Por eso sé que ese día, el momento obvio para contar esta historia, es solo un día clave pero no único para explicar cómo es que terminé de tu mano contra todo pronóstico. Entonces puedo decir, sin temor a equivocarme, que todo lo ocurrido con anterioridad tomó tal sentido que convirtió el pasado en un sendero para llegar a ese día en el que te abracé no sé por qué motivo.

Luego de ese día tuvimos que vivir los desenlaces de aquellos con los que llegamos a la cita ese domingo de octubre. Pruebas afiladas que nos costaron más soledades, más charlas a escondidas con plantas, orugas y a las que se sumaron los pájaros; más paseos entre aquellos que se divertían sin conocer el dolor que solo nosotros sentíamos.

Por eso, hoy que estás conmigo, que buscamos el color para el dormitorio de nuestras hijas, la ubicación del escritorio y la mesita de noche; ahora que estrenamos la cafetera y planeamos hacer libros; hoy que somos una familia por puro amor, sé que éste mismo no nació un día sino que siempre ha sido; siempre te he amado porque siempre te buscaba a ti.

Ya no buscaré respuestas y solo daré gracias por cada tropiezo y cada ave con la que hablé. Gracias, Rafa.

2 respuestas a "El sendero a ti"

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