Las manos del doctor

Sus manos son grandes, suaves y bonitas. Siempre lucen limpias y siempre están calientitas. Las manos de mi padre son de doctor –porque es una categoría–. Desde niños, mis hermanos y yo, estamos acostumbrados a que esas manos nos toquen buscando anomalías, a que hallen puntos en donde se anida el dolor, a que nos escaneen como si tuvieran ojos propios. A veces nos han inyectado, a veces nos han lavado sangre y sí, también nos han suturado. 

Me gusta ver esas manos de doctor cuando habla porque las mueve en el aire y parecen altivas, grandilocuentes. También me gusta verlas cuando conducen, parecen seguras –y lo son–; cuando hacen nudos –por alguna razón hacen muchos nudos–; y cuando nos enseñan a hacer cosas: pescar, hacer fogatas, pelar nueces, hacer filetes, anudar anzuelos, abrir pescados y afilar cuchillos –por alguna razón sostienen muchos cuchillos–. 

Me gusta verlas cuando abraza a mis hijas, cuando las protege con esas manos que nunca han pegado a un niño. Me gusta cuando hace ritmos de cualquier canción; cuando tamborilea los dedos, la mesa y le cambia la letra a las canciones. Me gusta verlas cuando les arranca sonidos hermosos a las copas y a los vasos de vidrio que todos tratamos –inútilmente– de imitar. También imitamos otros gestos de esas manos cálidas de doctor: la forma en que se rasca la cabeza con la parte plana de las uñas o cuando talla las yemas de los pulgares con los dedos medios mientras conduce. 

Me gusta cuando nos da a probar nísperos, cuando nos ofrece más carne asada. Cuando hace lonches calientitos y antes de dárnoslos les da un aplastón para que “sepan más buenos” –por alguna razón que no me sorprende siempre hay mucha comida de por medio–. 

A todos sus hijos y sus nietos nos ha hecho lo mismo: nos dice “Pon las manos” y tenemos que ponerlas en cuenco, acto seguido sus manos colocan algo, un enigma, en nuestras palmas. En los mejores casos es, cómo no, comida: nueces, semillas, gajos de mandarina, turrón. Pero si estamos en el campo o en el mar hay una gran probabilidad de que sea un bicho. Todos hemos saltado cuando se descubre el enigma, y él nos calma, con su gran parsimonia: “No hace nada, mira qué bonito”. 

Muchas veces le hemos preguntado a mi padre sobre sus faenas como médico. Nos cuenta cosas sorprendentes, a veces tristes. Cuando le preguntamos por las muchas operaciones que ha hecho nos explica con movimientos de sus manos los procedimientos: mueve órganos en el aire que solo él ve, figura los cortes con las tijeras de sus dedos índice y medio, sutura rápidamente y nosotros nos quedamos con los ojos como platos. Luego de esto siempre contesta preguntas de toda clase y siempre niega que le de asco, miedo u horror.

Cuando en la casa de mis padres suena el teléfono de madrugada las manos del doctor siempre son las que contestan. Da miedo que el teléfono timbre a esas horas, sobre todo si luego de colgar tiene que vestirse y salir a toda prisa. A veces regresa pronto, pero a veces el día lo alcanza aún afanoso y sin tiempo para sentir cansancio. 

Mis manos han enseñado a hacer muchas cosas, algunas tal y como me las enseñaron las manos de doctor: nudos, fogatas, afilar cuchillos y guardar navajas. Las manos que enseñan dejan huella en las manos que aprenden de ellas.

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